Memoria y emoción, los desvelos presentidos

Cosquín 2020, la edición número 60 del gran encuentro argentino, se propone dejar una huella profunda en los sentimientos y en la historia del Festival Nacional de Folklore.

 

“Venga a ver el milagro, Cosquín empieza a cantar”. Los versos finales del Himno del Festival que se volverán a escuchar este sábado se sentirán un poco más sustanciosos y certeros todavía: el encuentro mayor del folklore argentino cumple 60 ediciones.

Aquella comunidad de la epopeya original salió a quitarse de encima el estigma de la tisis y en el verano de 1961 levantó un muro sobre la ruta 38, un extraño e inspirado muro destinado a unir y no a separar. Desde entonces, y al cabo de un sinnúmero de avatares, ha sostenido la vigencia y la magia de su escenario, la Plaza Próspero Molina y el universo que los rodea.

Pero es el corazón del país el que se juega la savia y el retumbo de sus latidos en estos días. La que flamea en Cosquín es una de las grandes banderas argentinas: el canto nacional, una manera de celebrar la identidad y de entenderse con la cultura y el paisaje como hogar, elementos esenciales del destino común

El Festival se plantó hace seis décadas como un sitio de revelación cultural en el que las provincias argentinas comenzaron a reconocerse y conocerse a través de sus expresiones musicales y la poesía que describen a sus regiones, a sus gentes y a sus sentimientos.

Ese encuentro no ha dejado de suceder; está en sus razones y en su naturaleza.

Por eso, memoria y emoción son los desvelos que se propone asumir el Festival de Cosquín en esta edición especial.

 

Luminosos días

La memoria abrevará, particularmente, de algunas presencias empapadas de luminosos días como la del cantor Enrique Espinosa, aquella voz romantica del folklore, o la de Carlos Di Fulvio,entre otros antiguos trajinantes del escenario Atahualpa Yupanqui.

También se hará materia en los distintos homenajes, como el que se le tributará a El Chango Nieto y al recientemente fallecido Juan Carlos Saravia. El líder de Los Chalchaleros era, hasta aquí, el único artista sobreviviente de la edición primera del Festival.

La emoción llegará con los variopintos sentimientos contenidos en la programación, en la que están los artistas más convocantes de la época y muchos de los que se necesita oír y apreciar, aunque siempre falten algunos.

Cosquín, claro, también contiene la exaltación de tradiciones y costumbres populares que tienen que ver con las maneras de las festividades criollas, de las que forman parte los olores y los sabores de las comidas típicas, por ejemplo.

Pero a la vez, y como ningún otro de los grandes festivales del país, asume la misión de ser la gran ventana de las energías expresivas y creadoras de la música y la danza del pueblo.

Esa es la tarea que lo distingue y a la vez lo obliga a una mayor responsabilidad que la de sus pares.

Será esta una edición también marcada por gestos de apertura del Festival hacía otras corrientes de la música popular argentina. Fito Páez, uno de los creadores más interpretados en las últimas ediciones del encuentro, llegará desde la vereda del rock, así como Los Tipitos. Mientras, con pasaporte de tango, estarán juntas Ligia Piro y Susana Rinaldi, y Omar Mollo.

Y finalmente habrá esta vez una décima noche, la extra del lunes 3 de febrero, dedicada al cuarteto, música popular enraizada en Córdoba.

 

Un pueblo en pie de festival

Mientras tanto, la ciudad ya se ha transformado en un latiente músculo de la música y la danza argentina: durante las célebres nueve  lunas y sus días, a toda hora y en casi todos los rincones, el Festival es uno sólo que no sólo sucede en el escenario sino también en las peñas, el río, las calles, los bares, los patios, los campings…

Muchos son los fogones en los que arde el Cosquín de estas horas que comienzan a ser vividas. Una ciudad, un pueblo entero en pie de festival, es una condición que también lo hace único, incluso más allá de las fronteras.

En tanto, como cada año, ya caminan por las calles legiones de artistas aún casi anónimos que atraviesan todas las distancias del país detrás de la gran ilusión que la varita mágica de Cosquín es capaz de hacer realidad a veces.

Ni esa mística ni esa ilusión han dejado de suceder.

Acaso todo el sentido mismo del Festival es memoria y emoción. Esa es la llave que abre el cielo de enero y los corazones argentinos en todo el país. Y en estas últimas horas de vigilia, la intensidad de los presentimientos apura la ansiedad.

Texto: Alejandro Mareco